El secreto del periodista

Si un periodista conociera el nombre de un agente de la CIA, que pudiera estar involucrado en algún asunto turbio que comprometiera al Gobierno de un país o evitara un asesinato en masa de millones de personas, ¿podría publicarlo sin temor a ir a la cárcel?

Rod Laurie, basándose en el caso real de la redactora Judith Miller, estrenó en 2008 “Nothing but the truth”, un largometraje cuyo argumento gira en torno a esta cuestión. En su caso, la respuesta no da lugar a equívocos: la periodista washingtoniana fue condenada a una pena de cárcel al no querer revelar sus fuentes, porque atentaba con ello contra la Seguridad Nacional de EEUU. He aquí el quid de la cuestión: ¿tiene derecho un periodista a acogerse a su derecho de protección de sus confidentes o, por el contrario, cuando se trata de un asunto que involucre a políticos, diplomáticos y demás altos cargos, debería omitir esos datos para no ser enjuiciada?

Remitiéndome a la RAE, diplomático es aquella persona que interviene en un negocio de Estado que tiene lugar entre dos o más naciones. Según esta definición, ¿no se les podría considerar a los ministros y demás representantes políticos como tales? En tal caso, existe una gran mayoría de personas en cada uno de los países, que no sólo están exentos de pagar impuestos y también de la jurisdicción civil y criminal respecto con los tribunales locales; sino que, desde la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas de 1961, el ejercicio legítimo de sus funciones no le será innecesariamente impedido.

Es decir, son prácticamente intocables. Cualquiera que intente frenar prácticas corruptas o actividades ilegales de este tipo de personas y disponga de pruebas que avalen sus acusaciones, no podrá realizar nada al respecto o lo hará en vano. En eso consiste la inmunidad diplomática. Y, lo peor de todo, es que este trato de favor cuenta con respaldo legal.

Es en este contexto en el que es importante echar un vistazo a las últimas portadas de los periódicos alemanes; ya que la pasada semana ha saltado a la palestra dicha polémica. Hasta ahora, el artículo 353b de su Código Penal asegura que los que desvelen informaciones sobre el Gobierno sin revelar la identidad de sus fuentes pueden pasar hasta cinco años en la cárcel.

La consecuencia más directa no es otra que el miedo. ¿Cuántas personas estarían dispuestas a destapar y denunciar posibles corruptelas políticas si se arriesgan con ello a poner fin (de motu propio) a su libertad civil?  El número sería bajo, muy bajo; por eso, si continúa esta tendencia, cada vez se verá menos parte del iceberg. La pregunta es muy sencilla, ¿existen límites legales para evitar que la inmunidad desemboque en el despotismo? En el caso de existir, el periodismo no está en posición de utilizarlos.

La medida del país galo resulta particularmente interesante, porque con ella se pretende proteger a los periodistas para que “no sean perseguidos cuando simplemente han publicado información que les ha sido proporcionada”. De esa manera, se olvidaría la tesis anteriormente expuesta de “los intocables”, ya que, según afirma la ministra de Justicia de Alemania, Sabine Leutheusser,  “los profesionales de los medios deben poder hacer su trabajo manteniendo su atención en las actuaciones del Gobierno y publicando los errores de éste de forma libre”.

De la misma forma, en Estados Unidos también están tomando medidas mediante el proyecto de ley, HR 985 referente a la Ley Federal de Protección, que proteja a los periodistas a no verse obligados a revelar fuentes confidenciales incluso bajo citación.

En un momento en el que los profesionales de la comunicación realizan la labor tan esencial de intermediar entre la opinión pública y los demás agentes sociales; con la privación de este ejercicio, ¿no se estaría promoviendo la ocultación y tergiversación de la realidad? ¿No se estaría protegiendo a los culpables y, por tanto, perjudicando a quizá millones de personas? En definitiva, ¿no se estaría fomentando la práctica de actividades ilícitas? La protección de las fuentes es necesaria para que la credibilidad de la profesión periodística no se vea repercutida en un futuro y para que la labor de estos profesionales pueda seguir desempeñándose en el marco de la libertad de opinión y expresión, sin ver entorpecida su labor de altavoz social.

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El cine low cost

El precio medio de las entradas se ha incrementado un 27’9 % en los últimos años. CityDeal apuesta por lanzar ofertas de 1 euro por entrada.

Hace un par de días, en uno de los más de diez eventos diarios que recibo vía Tuenti, encontré, por fin, algo útil: la posibilidad de conseguir una entrada de cine a un precio pírrico.

Inmediatamente, fui seducida por un:

¡Tu entrada de cine a 1 euro en lugar de a 7,50!,

¿1 euro? Tenía que tener truco… Decidida a dar con él, realicé los pasos necesarios para conseguir ese chollo. Después de darme de alta como nuevo usuario y de pagar online mediante Pay-Pal, recibí el jugoso cheque de descuento en la bandeja de entrada de mi correo electrónico. Lo imprimí y me fui directa al cine de Fuencarral, para el que había solicitado la reducción de precio. En la taquilla todo salió bien, incluso llegué a sentirme mal al ver a familias pagando 18 euros por ir a ver la misma película que a mí me iba a costar un desdichado euro. Seguía incrédula, pero una vez sentada en la butaca me di cuenta de que a veces, muy remotamente, los consumidores salimos beneficiados gracias a este tipo de ofertas low cost.

Al igual que las noticias malas vuelan, las buenas ya están comenzando a despegar. El boca a boca, no se ha hecho esperar; por lo que no es de extrañar que en muy poco tiempo, City Deal se haya convertido  en una de las páginas web más populares entre los usuarios de las redes sociales. Con eslóganes tan cautivadores como el anterior, esta empresa ha conseguido hacer prosperar su negocio basado en “informar y ofrecer en exclusiva descuentos en tu ciudad en distintas actividades y establecimientos” de manera rápida y efectiva.

A la vez que me muestro profundamente agradecida por este tipo de gestos que evitan -aunque sea de manera puntual- que para las familias no se convierta en un lujo ir un fin de semana a ver una película, también quiero mostrar mi más profunda indignación ante lo que cuesta hoy en día acudir al cine.

El incremento que en los últimos años ha sufrido el precio de las entradas es desmedido en comparación con el de los salarios base de los trabajadores. Quizá algunos datos ilustren mi impotencia. En España, la media de una entrada en fin de semana varía en un 170% de unas comunidades a otras, lo que ya ha sido denunciado por FACUA.: oscila entre los 3,00 euros de Teruel y los 7,26 de Barcelona; siendo la media provincial es de 6,13 euros. En concreto, la capital madrileña es la  vigésimo primera ciudad más cara del mundo en lo que atañe a este aspecto, ránking encabezado por Tokyo, cuya suma asciende hasta los 14’33 euros.

Sin embargo, para los cines son tan o más importantes las ganancias que obtienen de la venta de palomitas, otros alimentos y bebidas, que las recaudadas a través de la proyección de las propias películas.  En muchas ocasiones, un menú de palomitas y refresco puede superar el precio de la propia entrada. ¿Es esto normal?

Un estudio realizado por la Universidad de California e investigadores de Standford llamado Why Does Popcorn Cost So Much at the Movies? (¿Por qué las palomitas cuestan tanto en el cine?) revela que, aunque los ingresos por vender este tipo de alimento suponga tan sólo el 20% de los totales del cine, estos suponen un 40% de sus beneficios, ya que los ingresos obtenidos de la proyección de la película se tienen que repartir con la distribuidora.

¿Por qué la cultura y, más en concreto, el séptimo arte se está restringiendo cada vez más a la clase media-alta? ¿Por qué no se hace asequible para los estudiantes ir semanalmente al cine?

En vez de fomentar el uso de las “butacas VIP” (que son ligeramente más cómodas pero, al fin y al cabo, siguen sin aislar de los molestos comentaristas cinematográficos), se debería impulsar el nacimiento de nuevos formatos (caso del exitoso 3D) como una manera de atraer a (nuevos) espectadores a un recinto que, cada vez, está más restringido a las élites económicas.

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Pocos profesionales juegan por y para su país

La falta de descanso de los tenistas, debido a la excesiva duración del calendario ATP, es la causa principal de que cada vez sea menor la presencia de jugadores TOP 10 en las eliminatorias de la Copa Davis.

“¿Desde cuándo es una conveniencia y no un privilegio, jugar para el propio país?”. Estas fueron las palabras de John Lloyd, ex capitán británico de la Copa Davis, dirigidas al actual número tres mundial Andy Murray reprochándole sus continuas ausencias del equipo nacional.

Es interesante echar la vista atrás y observar que es cada vez mayor la ausencia de las grandes figuras del tenis mundial en este evento multitudinario, considerado por muchos como el quinto  Gran Slam de la temporada.

Los jugadores se quejan de las excesivas obligaciones que les impone la ATP (4 Gran Slam, 8 Masters 1000, 4 Masters 500 más otros 2 eventos) y de la duración del calendario tenístico, que les empuja a ser más propensos a lesionarse y les acarrea problemas de incompatibilidad entre las distintas competiciones (los cuartos de final se juegan tras Wimbledon y las semifinales justo después del OPEN USA).

La Copa Davis supone jugar cada año quince partidos disputados al mejor de cinco sets. A simple vista, al aficionado pueden parecerle pocos, pero teniendo en cuenta el tiempo que se requiere para adaptarse a la altitud y superficie de cada pista, diferente en cada eliminatoria, y los viajes alrededor del mundo, junto al período de concentración del equipo previo a cada ronda; acudir a este acontecimiento se ha convertido en una actividad –recordemos, voluntaria- que, en muchas ocasiones, acarrea a los tenistas una sobrecarga tanto física como mental, que pocos pueden aguantar sin resentirse y bajar su rendimiento.

Bien se podría alegar que representar a tu país en el “Mundial del tenis” es algo emocionante y único, pero muchos jugadores TOP 10 prefieren sacrificar ese sentimiento de “orgullo nacional” por llegar más “frescos” a torneos que amplían su economía y les otorgan popularidad y reconocimiento individual (de sobra es conocido que las rondas previas a la final son poco secundadas en países ya eliminados y que los mejores prefieren estar visibles y asumir la responsabilidad en las últimas rondas).

Por ejemplificar esta perorata, cabe decir que en la primera fase de la Copa Davis de este año no estuvieron jugadores de la talla de Andy Roddick o James Blake (EEUU); Juan Martín del Potro o David Nalbandian (Argentina); Tommy Haas (Alemania); Ivan Ljubicic (Croacia); Olivier Rochus (Bélgica); Dmitri Tursunov (Rusia) o Andy Murray (Inglaterra).

En lo que concierne a España, recordemos que la Armada derrotó a Suiza por un contundente 4-1 y no jugaron ni Rafael Nadal, ni Fernando Verdasco, ni Juan Carlos Ferrero, ni Feliciano López. Dentro del equipo helvético, la gran ausencia fue Roger Federer, lo que supuso un fuerte varapalo para los amantes de los cara a cara entre el manacorí y el número 1 del tenis mundial y que no habría sino revalorizado enormemente el interés por la competición. Sin embargo, la ausencia del suizo no es de extrañar, ya que entre sus prioridades la competición nacional está por debajo de los Masters 1000, por lo que no disputa la primera ronda de la Davis desde 2004.

Otra cosa a tener en cuenta es el reparto de puntos ATP dependiendo de la categoría del torneo.  La Copa Davis ha cambiado recientemente su reglamento como método para paliar precisamente esta tendencia alcista de ausencias de grandes figuras del tenis mundial. Desde 2009, un jugador cuyo equipo gane la famosa Ensaladera de Plata puede obtener hasta 625 puntos, si consigue 8 victorias individuales. Sin embargo, en comparación, hacerse con un Masters 1000 (en los que rara vez los cabezas de serie juegan más de media docena de partidos) otorga casi el doble.

La solución que se baraja desde hace algunos meses es la sustitución de la Copa Davis por un Mundial de 32 equipos disputado cada dos años, con el objetivo de dar descanso a los tenistas profesionales. El Consejo de Jugadores de la ATP ha dado el visto bueno a esta posible alternativa, aunque todavía queda la duda acerca de si pasará lo mismo que con la Copa del Mundo –jugada en Dussëldorf desde hace cuarenta años- de la que muy pocos han oído siquiera hablar…

Para los que siguen disfrutando con este deporte aún en ausencia de los mejores, los cuartos de final se jugarán del 9 al 11 de julio.

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